jueves, 29 de septiembre de 2016

Ex rencores

Diego fue la manera que tuvo la vida de darme unas palmaditas en la espalda después de un día de mierda para recordarme que no todo es tan dramático. O al menos así lo quise ver yo en mi insana costumbre de convertir mentalmente el azar en recompensa y así me va. Pero ese es otro tema.
Diego tenía una sonrisa que hacía promesas a quien se perdía en ella y yo tenía muchas ganas de perderme y de creerme cualquier cosa que prolongase un ratito más mi estancia en la más sórdida y preciosa ignorancia, Y casi sin querer o sin querer evitarlo, no estoy ya muy segura me encontré abriéndole la puerta y ofreciéndole un sofá donde sentarse. No hizo falta. Entró como si conociera mi casa más que yo, dio un rodeo y eligió el sofá más lejano. Se acomodó y volvió a sonreírme, esta vez con la seguridad del que se sabe colonizador de una nueva tierra. Y se dedicó a colonizar: Tiró por el suelo los cojines, deshizo las camas, entró en la cocina y se preparó algo calentito. Y después cruzó la puerta de puntillas. Yo me quedé medio anestesiada, con la casa revuelta y la sensación de no estar muy segura de seguir perteneciendo a ese lugar. De vez en cuando me asomaba a la puerta porque interpreté la ausencia de portazo como un 'hasta luego' y no como un 'hasta nunca'. Pasó el tiempo y tuve que pactar con mi desorden, reconstruí esa casa hasta que volví a sentirla mía. Ya no era la misma pero yo tampoco. Ahora de vez en cuando saludo a Diego por la ventana porque se me evaporó el rencor por las grietas del techo y ahora solo me queda la cautela. Duerme conmigo desde que duermo sola , cosa que dejó de importarme hace tiempo.
Ahora cambiemos casa por corazón: ¿Verdad que se entiende mejor?

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