Diego fue la manera que tuvo la vida de darme unas palmaditas en la espalda después de un día de mierda para recordarme que no todo es tan dramático. O al menos así lo quise ver yo en mi insana costumbre de convertir mentalmente el azar en recompensa y así me va. Pero ese es otro tema.
Diego tenía una sonrisa que hacía promesas a quien se perdía en ella y yo tenía muchas ganas de perderme y de creerme cualquier cosa que prolongase un ratito más mi estancia en la más sórdida y preciosa ignorancia, Y casi sin querer o sin querer evitarlo, no estoy ya muy segura me encontré abriéndole la puerta y ofreciéndole un sofá donde sentarse. No hizo falta. Entró como si conociera mi casa más que yo, dio un rodeo y eligió el sofá más lejano. Se acomodó y volvió a sonreírme, esta vez con la seguridad del que se sabe colonizador de una nueva tierra. Y se dedicó a colonizar: Tiró por el suelo los cojines, deshizo las camas, entró en la cocina y se preparó algo calentito. Y después cruzó la puerta de puntillas. Yo me quedé medio anestesiada, con la casa revuelta y la sensación de no estar muy segura de seguir perteneciendo a ese lugar. De vez en cuando me asomaba a la puerta porque interpreté la ausencia de portazo como un 'hasta luego' y no como un 'hasta nunca'. Pasó el tiempo y tuve que pactar con mi desorden, reconstruí esa casa hasta que volví a sentirla mía. Ya no era la misma pero yo tampoco. Ahora de vez en cuando saludo a Diego por la ventana porque se me evaporó el rencor por las grietas del techo y ahora solo me queda la cautela. Duerme conmigo desde que duermo sola , cosa que dejó de importarme hace tiempo.
Ahora cambiemos casa por corazón: ¿Verdad que se entiende mejor?